DESAFÍOS DE LOS CRISTIANOS ANTE LA CRISIS DE LAS IGLESIAS A LA LUZ DE PABLO DE TARSO


Hoy la Religión Cristiana, con particular referencia a la Iglesia Católica y a las Iglesias Protestantes históricas, se encuentra en una crisis grande. Es una suerte de agonía, lánguida y progresiva, nada heroica ni estimulante, que viene acentuándose desde hace varias décadas y que no parece detenerse. Es una crisis muy profunda y extendida, que abarca prácticamente todos los aspectos o dimensiones de la vida eclesial. En efecto:
- Están en crisis las creencias que enseñan las Iglesias, muchas de ellas incompatibles con los conocimientos científicos y las elaboraciones filosóficas modernas.
- Está en crisis la ética que pregonan las Iglesias, que poco se practica entre los cristianos, y que se manifiesta en el distanciamiento creciente entre las costumbres y valores que predominan en la sociedad, y los enunciados cristianos relativos a la sexualidad, la familia, la economía y la política.
- Está en crisis el sentido espiritual de las Iglesias. Los buscadores espirituales buscan inspiración y guía mirando al oriente, al budismo, el taoísmo, etc. y no en las espiritualidades y místicas cristianas.
- Está en crisis la institución eclesial, sus estructuras jerárquicas, pero también sus formas organizativas, sus burocracias, sus jerarquías, el sacerdocio.
- Está en crisis la acción de las Iglesias en el mundo. La doctrina social de la Iglesia Católica y las enseñanzas sobre la economía, el Estado y la política de las Iglesias Protestantes, han dejado de ser referente importantes para los empresarios y los gobernantes; las concepciones cristianas de la vida están cada vez más ausentes en la literatura, el cine, la TV y los medios de comunicación, La actividad real de las Iglesias a través de las instituciones benéficas se encuentra cada vez más supeditada al Estado, o ha sido reemplazada por éste.
En este contexto de debilidad moral, intelectual y espiritual, las Iglesias son objeto de acoso y persecución desde distintos frentes: a) por fuerzas políticas ‘progresistas’ que rechazan su defensa de la vida y promueven concepciones liberales sobre la familia y la sexualidad; b) por poderes económicos y políticos dominantes que no aceptan sus críticas al capitalismo neo-liberal; y c) por gran parte de los medios de comunicación que hacen eco de ambas tendencias.
Pienso que para superar esta crisis de la Religión Cristiana y salvarse las Iglesias del desastre, es necesario realizar cinco procesos que se refieren a aspectos esenciales y constitutivos del cristianismo.
 
1. Un primer proceso necesario se refiere a lo que suele llamarse “la doctrina” cristiana. Se trata de realizar una profunda renovación intelectual, una re-elaboración del mensaje de Jesús y los Evangelios a la luz de los nuevos conocimientos científicos y filosóficos. Los hombres de hoy han madurado, son adultos, necesitan una fe de personas inteligentes y conscientes, que ya no aceptan las creencias infantiles que durante mucho tiempo se predicaron a los pueblos humildes e ignorantes.
Hay que re-pensar las creencias sobre Dios y el mundo, sobre el hombre y el alma humana, sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre la relación entre las creaturas y el Creador, sobre la oración y los sacramentos, sobre las llamadas “postrimerías”.
Se trataría de re-pensar y de re-elaborar el mensaje de Jesús, que es lo único que puede considerarse fundante de la doctrina y las creencias cristianas. Esto debiera hacerse dialogando con las filosofías, las ciencias, las religiones y las culturas contemporáneas, y entendiendo que se trata de una búsqueda plural y siempre abierta a nuevos desarrollos.
En este sentido, Pablo es un ejemplo a seguir. En efecto, él fue el primero en formular la fe cristiana como un conjunto de creencias sobre los grandes misterios de la existencia, de la vida y de la muerte, de la relación del hombre con Dios, etc. y en proponer esa concepción del mundo a los hombres y sociedades de su tiempo. Lo hizo en el lenguaje y considerando la cultura más avanzada de esa época, cual era el helenismo y la cultura griega. Pablo re-elaboró también las enseñanzas morales de Jesús, que él conoció sólo indirectamente y con la mediación de los discípulos del Maestro, que lo entendieron poco y nada.
Otro momento histórico de re-elaboración intelectual del mensaje cristiano lo inició Anselmo de Canterbury, que dio curso al extraordinario proceso intelectual que alcanza su madurez en Buenaventura, Alberto Magno, Tomás de Aquino y la Escolástica. “La fe buscando intelección”, planteaba Anselmo, considerado doctor de la Iglesia, que sostenía que la razón debe dar cuenta de la fe, y que no puede aceptarse contradicción entre la verdad revelada y lo que puede conocerse mediante el uso recto de la razón. Él decía que es un deber cristiano tratar de comprender racionalmente las verdades de la fe. Comprendió que el cristianismo no tenía destino alguno si lo que enseñaba no se hacía comprensible y aceptable para la razón humana, teniendo en cuenta todos los descubrimientos de la ciencia y la filosofía. Con estas ideas Anselmo dio origen al más grande desarrollo intelectual cristiano, que permitió el más notable fortalecimiento de la Iglesia, entre los siglos X y XV.
Con sus luces y sombras, la Reforma Protestante constituyó un proceso intelectual y moral que desafió aspectos sustanciales de las creencias católicas tradicionales, y adelantó ideas y búsquedas orientadas a hacer compatibles la doctrina moral cristiana y las que en su tiempo eran las tendencias emergentes en la economía, la política y la cultura modernas.
Actualmente, un problema principal de los cristianos en general y de los católicos en particular, es la falta de fe, de convencimiento sobre las creencias de la religión. Durante mucho tiempo se obró en la práctica con la idea de que la fe es una cuestión del corazón, una adhesión emocional más que intelectual. Digo que así ha sido en la práctica, porque entiendo que teológicamente se afirma que la fe es una experiencia espiritual. Pero la experiencia espiritual es algo que tienen pocas personas que siguen caminos de contemplación. Y cuando se afirma que la fe es un don de Dios, no se asume aquello de que “al que tiene, se le dará”, que dijo Jesús. La fe requiere fundamentarse en la razón y en el intelecto, y ello supone elaboración intelectual de las creencias, y también la defensa de éstas frente a las negaciones supuestamente fundadas en las ciencias. Pero esa defensa debe fundarse en la razón y sostenerse en conexión a los conocimientos que las ciencias y la filosofía continúan proporcionando a la humanidad.
Muchas de las creencias que difunden las Iglesias cristianas no parecen sostenerse frente a los nuevos conocimientos que la humanidad está desarrollando. No digo que haya que negar creencias esenciales, sino re-formularlas. Por ejemplo ¿cómo se sostiene el concepto del pecado original frente al conocimiento científico de la formación evolutiva de la especie humana? No es una cuestión secundaria, teniendo en cuenta que el sentido de la redención operada por Jesucristo en la cruz ha sido formulado en relación con el pecado original de Adán y Eva que se trasmite de generación en generación afectando a todos los seres humanos. Lo pongo sólo como un ejemplo que ilustra la necesidad de re-pensar y re-formular aspectos centrales de la doctrina cristiana.
 
2.- Un segundo proceso necesario consiste en establecer una neta separación entre las Iglesias y las instituciones políticas y económicas que ejercen poder. Las Iglesias cristianas deben renunciar al ejercicio del poder económico, político, institucional y psicológico, dejando caer muchos elementos que a lo largo de siglos han incrustado en la institucionalidad eclesiástica factores de dominación, enriquecimiento y de vana honorabilidad, que son contradictorios con el Evangelio.
Este proceso crítico y de purificación debe ir paralelo a uno positivo de reconstitución de la Iglesia, de las Iglesias cristianas, como comunidad de comunidades, organizadas horizontalmente, y con mínimos niveles de jerarquización, generados desde abajo hacia arriba.
La misma distinción entre jerarquía, clero y laicado no es sustentable en un mundo donde la distinción entre las élites y el pueblo está siendo radicalmente cuestionada. Ello comporta, al nivel eclesial, un cuestionamiento tanto de la la intermediación entre las personas y Dios, que supuestamente ejercería el clero, como también la superación del predominio machista y el relegamiento de la mujer a labores secundarias y de apoyo.
Demás está recordar que Pablo de Tarso fue un laico, bautizado pero no consagrado sacerdote, que recibe la misión y autoridad de predicar a Jesucristo y de propagar su mensaje, directamente de una experiencia espiritual y no de una autoridad eclesiástica. Él mismo lo explicita presentándose en estos términos: “Pablo, Apóstol no por autoridad humana ni gracias a un hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre” (Gál.1, 1).
Toda su actividad misionera estuvo centrada en crear y fortalecer comunidades cristianas, en las cuales se preocupaba de orientar, mantener la unidad y amor fraterno, y relacionar unas con otras.
Entender y crear la Iglesia como comunidad espiritual implica terminar con esa división entre clero y laicado que establece un orden jerárquico exterior, y que no parece corresponder al proyecto de Jesús. Si alguna distinción pudiera hacerse en las comunidades cristianas, sería tal vez entre los dedicados intensamente a la misión, y los que siguen caminos de santidad en el mundo, en el trabajo, en la familia, en la ciencia, en el arte, en la política. Pero, todos igualmente en camino y búsqueda de santidad, peregrinos unidos en una comunidad de iguales. Los más avanzados abriendo camino, enseñando y atrayendo a los que vamos más lentos.
Abandonar la pretensión de evangelizar mediante el ejercicio del poder supone dejar de concebir la Iglesia como una institución, y entenderla como una comunidad, o más exactamente, como una comunidad de comunidades, que se construye desde abajo hacia arriba, y desde cada comunidad hacia los lados, horizontalmente.
 
3.- El tercer proceso hoy necesario es re-leer los signos de los tiempos y asumir el proyecto de una civilización solidaria (como necesidad y tarea histórica actual de la humanidad), junto a todas las personas, grupos, organizaciones y entidades que participan en su creación.
Que el proyecto de las Iglesias y los cristianos sea crear una civilización tiene antecedentes claros en Pablo y en los primeros cristianos. San Clemente Romano (siglo I) en su Carta a los Corintios, escrita la última década del siglo primero, se refiere explícitamente a la Paideia de Dios, a la Paideia de Cristo, y la pone en relación con la Paideia griega. La nueva Paideia aparece también en las Epístolas paulinas (Efesios, VI, 4; Hebreos, 12,5; 2 Timoteo, 3, 14-16).
El término ‘paideia’ ha sido mal traducido como “educación”. En realidad el término griego Paideia se refiere a la suma de los saberes, artes, leyes y costumbres, o sea, es el término antiguo de lo que hoy llamamos civilización. (Ver Werner Jaeger, Cristianismo primitivo y paideia griega). Según Jaeger, “Para Orígenes, la Paideia es el cumplimiento gradual de la Divina Providencia. La teología de Orígenes se basa en el concepto griego de Paideia en su forma filosófica más elevada. Con ello se convierte para él en la clave del problema de la verdadera relación entre la religión cristiana y la cultura griega”.
Traducido a nuestro tiempo, se trataría de asumir como propio en las Iglesias cristianas, y participar activamente y con entusiasmo, en el gran proyecto histórico de crear y desplegar una nueva civilización, en cada localidad y territorio y a nivel planetario. ¿Cómo podríamos no hacer nuestro el proyecto de una civilización de personas y comunidades creativas, autónomas y solidarias? Es un grandioso proyecto civilizador, pleno de sentido, que por cierto no es exclusivo nuestro sino que, al contrario, está en curso por la acción y las iniciativas de muchos grupos, y al cual podemos y debemos sumarnos, contribuyendo con nuestras ideas, nuestros valores, nuestra solidaridad, nuestra inteligencia y nuestro amor.
Es interesante pensar que el Pantheon, templo dedicado a todos los dioses y centro visible de la Paideia griega, fue construido en los mismos años en que se escribían los Evangelios y cuando recién comenzaba a hablarse de Jesús en Roma. Esa inscripción en el friso del pórtico que dice: "Marcos Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, lo hizo", es muy interesante. Agripa fue quien, según se relata en los Hechos de los Apóstoles, escuchó a Pablo cuando éste apeló al Cesar para ser juzgado como ciudadano Romano. Recordemos que Agripa, después de escuchar el largo testimonio que expuso Pablo en su defensa, respondió a la pregunta de éste si creía en los profetas. Agripa contestó a Pablo: «Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano.» Y Pablo replicó: «Quiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino todos los que me escuchan hoy, llegaran a ser tales como yo soy, a excepción de estas cadenas."
Dos siglos después, el Imperio Romano se encontraba en tremenda crisis, dividido políticamente, decadente económicamente, con las antiguas creencias abandonadas. Fue entonces que Constantino, llamado San Constantino por las Iglesias Ortodoxas Orientales y por la Iglesia Católica Bizantina Griega, comprendió la fuerza que estaba adquiriendo el cristianismo y las virtudes que propagaba. Devenido Emperador se declaró protector de los cristianos, orientó paulatinamente el Imperio hacia la Iglesia, le dio libertad de culto por medio del Edicto de Milán el año 313, legisló inspirado en la moral cristiana, y participó en el famoso Concilio de Nicea el año 325. Es así que podemos decir que la Iglesia, primero contribuyó decididamente a rescatar la antigua civilización Romana de la decadencia, haciéndola durar todavía dos siglos y medio, hasta la caída del Imperio Romano de Occidente el año 476. Y luego inspiró y en cierto sentido presidió la Civilización Medieval, entre fines del siglo V y fines del siglo XV, o sea, durante mil años.
Y ahí la Iglesia quedó atrapada en las tramas y redes del poder, perdiendo poco a poco el verdadero espíritu cristiano. Por eso en adelante, buscando conservar los poderes y privilegios conseguidos, no fue capaz de participar activamente en la creación y desarrollo de la civilización moderna.
Lo hicieron, en parte, las Iglesias surgidas de la Reforma protestante en Europa, que se adaptaron mejor al espíritu del capitalismo y a la lógica de los Estados modernos. Pero ellas pronto quedaron también atrapadas en el entramado del poder económico y político de la civilización moderna. Una civilización en que, no estando iluminada por la fe, la esperanza y el amor, la economía se ha caracterizado por el capitalismo competitivo y carente de solidaridad; la política se concentró en las burocracias estatales y en los partidos políticos que luchan por el poder; y el conocimiento y el sentido de la vida fueron buscados al margen de la sabiduría y la espiritualidad, quedando la ciencia limitada a lo que se observa con los sentidos y se cuantifica matemáticamente, en una visión naturalista y materialista del mundo.
Han sido cinco siglos de una civilización moderna que ha mostrado grandes realizaciones económicas, tecnológicas y científicas; pero de muy baja tensión moral y espiritual. En esta civilización moderna las Iglesias se han mantenido, en la medida que han mantrnido las viejas instituciones educativas, las congregaciones religiosas, las devociones a los santos, las peregrinaciones a los santuarios, y las prácticas devocionales y litúrgicas, que florecieron durante el medioevo; pero todo ello está cada vez más distantes de la vida real de las personas y de las sociedades actuales. Esta civilización moderna finalmente está colapsando, y se hace indispensable crear una nueva y superior civilización.
Sí, la tarea histórica del presente, que ya está en curso en diferentes lugares aunque en pequeña escala, es la creación de una nueva civilización, una civilización superior a todas las que han existido. Implica construir un nueva economía, una nueva política, una nueva cultura, nuevas ciencias, nuevas espiritualidades. Y en todo ello, los cristianos y las Iglesias tienen un papel fundamental que cumplir.
Jesucristo es Verbo de Dios encarnado y viviendo en la historia. La Iglesia debe despojarse de todo lo que la mantiene atrapada al pasado medieval, y a la modernidad capitalista, estatista y materialista. Pero eso no significa ponerse fuera de la historia. Al contrario, el cristianismo, igual que el judaísmo, es una religión esencialmente inmersa en la historia de la humanidad. El proyecto de Jesús no era una Iglesia, sino el Reino de Dios construyéndose en la tierra, en medio de la historia humana. Pienso que el Reino de Dios es el proyecto de un civilización en que los atributos trascendentes de Dios se hayan encarnado en las personas, en las actividades humanas y en la sociedad.
Me atrevo a pensar que si los seres humanos somos imagen y semejanza de Dios, nuestra plenitud humana se cumple realizando aquello que nos asemeja a Dios y que, desarrollándolo, nos aproxima a Él y nos une con Él. ¿En qué somos semejantes a Dios? Ante todo, en el conocimiento. Dios es omnisciente, conocedor de todo. Nosotros queremos conocerlo todo, alcanzar el conocimiento del universo material, de lo que somos nosotros mismos, del mundo humano en sociedad, de la realidad espiritual, y del mismo Dios. En este sentido, la plenitud es ser hombres y mujeres de conocimiento, buscadores de la verdad. El Reinado de Dios es, entonces, una civilización de personas y de sociedades de conocimiento, en búsqueda de la verdad.
Dios es Creador, y nosotros somos creativos, innovadores, constructores de lo nuevo, creadores de obras, especialmente en el campo de las artes. Creando lo bello, lo nuevo, lo mejor, los hombres y mujeres nos hacemos crecientemente como es Dios, nos acercamos a Él, que en cierto modo podemos decir que continúa la Creación a través de nuestra propia creatividad. El Reino de Dios predicado por Jesús, es una civilización de personas y de sociedades creativas, realizadoras, laboriosas, de artesanos y de artistas.
Dios es el ser absoluto, dice la filosofía. Absoluto significa que no depende de nada, que vive en y por sí mismo. Pues bien, la forma humana de esa cualidad de Dios es lo que llamamos autonomía. Autonomía es lo contrario de la subordinación y la dependencia. Autonomía es guiarnos por nosotros mismos. Autonomía es la forma superior de la libertad. Si Dios nos quiere semejantes a Él y que seamos su imagen en el mundo, significa que nos quiere libres en la mayor plenitud posible, esto es, crecientemente autónomos. Así, el Reino de Dios es una civilización de personas, comunidades y sociedades libres y autónomas.
Dios es amor. Pues, nosotros somos también amadores. Y amando desplegamos en nosotros eso que nos asemeja y nos une a Dios. El Reino de Dios en la tierra, en la historia es, pues, una sociedad de personas solidarias, unidas en fraternidad.
Resumiendo, entiendo que la nueva civilización que estamos comenzando a crear, y que es la expresión actual del Reino de Dios, es una civilización de personas y sociedades de conocimiento, creativas, autónomas y solidarias. Eso entiendo que es el Reino de Dios en y con nosotros; pues la búsqueda del conocimiento, el despliegue de la creatividad, la conquista de la libertad y autonomía, y el desarrollo de la solidaridad, no solamente nos acercan a Dios y nos hacen mejores imágenes suyas, más semejantes a Él, sino que también todo eso lo hacemos en unión con Dios. O mejor dicho, es Dios que opera en nosotros. Diría que esto es lo que nos compete hacer como cristianos en la economía, en la política, en la cultura, en la ciencia. Y este es el camino que nos conduce, pienso yo, a la unión con Dios.

4.- Un cuarto proceso que parece indispensable para que el cristianismo recupere y renueve su vigencia en el mundo, sería avanzar decididamente hacia la unión ecuménica de las Iglesias cristianas, así como también desarrollar la comunicación y el diálogo con otras religiones y espiritualidades.
La unidad entre las primeras comunidades cristianas fue una preocupación constante, casi obsesiva, de Pablo, así como lo fue el esfuerzo permanente por dialogar con los judíos, los griegos, los romanos. Insistió que los cristianos procedentes del judaísmo y los que venían de las culturas griegas y romanas (gentiles) eran una sola Iglesia. Las divisiones entre las comunidades por él mismo fundadas lo indignaban, y batalló contra las disensiones en la comunidad de Corinto. Insistía en que la diversidad de carismas no implica división alguna, y por eso pregunta: “¿Acaso está dividido Cristo?”, e insiste en que todos los dones y carismas proceden del mismo y único Espíritu y que, en consecuencia, no caben divisiones en la comunidad, porque así como en el cuerpo humano todos los miembros son un cuerpo único, así también en el cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia.
Hoy, más que nunca es preciso trabajar con la idea de la “unidad en la diversidad”, y construir comunión reconociendo las diferencias entre las Iglesias y entre las religiones, que han de entenderse como caminos distintos hacia la unidad e integración del género humano en camino hacia Dios.

5.- Un quinto proceso necesario consiste en la recuperación del sentido de la santidad como objetivo de la vida cristiana. Es sabido que a lo largo de la historia, en todas las grandes crisis que ha vivido el cristianismo, la superación y reimpulso ha estado acompañada, o ha sido generada, por hombres y mujeres de extraordinaria fuerza espiritual, muchos de los cuales fueron posteriormente reconocidos como santos. Lo pongo al final, pero es tal vez el primero de los procesos necesarios, puesto que la espiritualidad y santidad son lo único que en realidad puede proporcionar la fuerza indispensable para realizar los cuatro procesos anteriores. Es necesario que en las comunidades cristianas surjan hombres y mujeres santos, de profunda, fuerte y consistente vida espiritual.
Las Iglesias veneran a sus santos. Siempre los ha habido, y han surgido especialmente en los tiempos más difíciles y duros de la historia. Se ha tratado, siempre, de hombres y mujeres normales, iguales a cualquier otro, pero que se propusieron en sus vidas llegar a ser más que lo que habían sido, y que con su empeño y con la ayuda de Dios lo lograron. Son hombres y mujeres singulares que se distinguen por su gran sabiduría, la pureza de alma y el compromiso existencial con sus hermanos.
Personas así han surgido especialmente en las épocas difíciles. Esas personas singulares poseen carismas que corresponden a las necesidades de la humanidad. Algunas pueden leer la mente y el corazón de las personas; otras son capaces de sanar enfermedades; o de anunciar el futuro y de crearlo mejor que el presente; o de atraer multitudes con el poder de sus palabras; o de realizar obras sociales de inmenso beneficio humanitario, aún sin contar con los medios materiales para ejecutarlas. Poniendo en acción tales virtuosas singularidades, esos hombres y mujeres santos son los que a lo largo de la historia, poco a poco, van conduciendo a la humanidad entera hacia una vida espiritual más plena y hacia el encuentro con Dios.
De más está decir que la santidad, la espiritualidad, la búsqueda de la unión con Dios, están en el centro de la predicación de Pablo de Tarso. Las Iglesias debieran hoy enfatizar entre los participantes de las comunidades cristianas el llamado espiritual a la santidad y a la perfección, conforme al seguimiento de Jesús y a la buena nueva del Reino de Dios y de las Bienaventuranzas.
El cristianismo necesita hoy una buena dotación de hombres y mujeres santos. Santos de verdad, vivos y actuando en el mundo, capaces de generar un profundo y amplio movimiento espiritual. Por cierto, también hay que re-formular el sentido en que hablamos de la santidad, el significado espiritual de ésta.
 
Cabe preguntarse, finalmente: ¿podrán las Iglesias cristianas actuar estos procesos de renovación, y revertir así la crisis y decadencia en que se encuentra? Es altamente improbable que ello ocurra por iniciativas de las Iglesias ‘oficiales’, de las jerarquías eclesiásticas, pues ello implicaría su propia negación. La historia del cristianismo muestra que procesos de renovación y cambio profundos como el que hoy se requiere han surgido desde los márgenes de la institución eclesiástica, por personas, grupos y comunidades movidas por el Espíritu.
Lo que podemos esperar es que la crisis y decadencia de las Iglesias institucionales continuará inexorablemente. Pero esa misma decadencia implica la posibilidad de que se creen las condiciones o pre-requisitos que harán posible una profunda renovación y revitalización del cristianismo emergiendo desde abajo, desde los márgenes. Procesos éstos que no ocurrirán sin la voluntad activa de personas que las asuman como proyecto consciente, asumido con la fuerza que sólo proporcionan la fe, la esperanza y el amor.
 
Luis Razeto
 
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